16 ago. 2009

El futuro se está jugando en Honduras



Latinoamérica: una nueva coyuntura de crisis, zarpazos reaccionarios, polarización y creciente resistencia popular

El futuro se está jugando en Honduras

Por Roberto Sáenz

“Lo que pasó en Honduras no es anecdótico. No se arregla comprando constitucionalistas para que digan que no hubo golpe porque salvo el Ejecutivo, se mantienen ‘intactos’ los demás poderes del Estado. Acá no es cuestión de si Zelaya sí, Zelaya no, Chávez sí, Chávez no. Sacaron a un presidente en pijamas. El desenlace que se perfila, representa un fuerte retroceso para las democracias de la región y una seria amenaza para la estabilidad de sus sistemas políticos. Hace dos años ni el más afiebrado conspirador imaginaba un golpe militar en Latinoamérica. Hoy, bajo determinadas circunstancias, tomando las precauciones del caso, todas las opciones vuelven a estar sobre la mesa. Ya lo saben los autonomistas bolivianos, los magnates bananeros de Guatemala y Ecuador, los oviedistas paraguayos, los discípulos de D’Aubisson en El Salvador, los ex contras nicaragüenses, los fedecamaristas venezolanos y los hacendados piqueteros de Argentina”[1].

La introducción del factor militar en la vida política latinoamericana ha terminado decantando el inicio de una nueva coyuntura con elementos reaccionarios y polarización en la región. Se trata de la cuarta desde que se abrió el actual ciclo de rebeliones populares con el comienzo del siglo XXI, ciclo que continúa vigente. La primera consistió en las rebeliones populares propiamente dichas. La segunda estuvo marcada por el ascenso al gobierno de los “progresismos” en sus distintas variantes (de Chávez a Lula). La tercera por la mediatización de la rebelión por estos mismos gobiernos “populares” y la emergencia de oposiciones de derecha conservadoras. La cuarta está siendo señalizada por el golpe de Estado en Honduras.

Se trata de un contexto con crecientes elementos reaccionarios, creciente polarización entre determinados estados (Colombia, Venezuela y Ecuador), pero también la emergencia de un proceso de resistencia popular a estos mismos zarpazos (Honduras).

Parte de esta misma tendencia es el despliegue de siete bases yanquis en Colombia, acontecimiento que ha marcado otro elemento de peso en las últimas semanas. El hecho es que la política para Latinoamérica del gobierno de Obama se ha venido deslizando hacia la derecha al compás de la profundización de la crisis hondureña.

Sin embargo, nunca se debe perder de vista que el quid de toda coyuntura política está en la evolución concreta de la lucha de clases y que a los zarpazos reaccionarios, como “rebote” de los mismos, le puede seguir una radicalización de la experiencia de los explotados y oprimidos tal cual está ocurriendo en estos mismos momentos en el país “Catracho”[2].

Esto es precisamente lo que viene pasando donde sigue estando hoy la clave de toda la evolución regional: la resistencia de masas antigolpista que se está llevando adelante en Honduras sin que esté escrito todavía el desenlace de la misma.

Cuando el factor militar vuelve a la escena

El primer elemento para dar cuenta de esta nueva coyuntura es cómo el factor militar ha vuelto a la escena política. En la historia de la región ha sido común –más aún en Centroamérica el hecho que repetidas veces la clase dominante –de la mano del imperialismo yanqui– ha apelado al poder “desnudo”: el garrote represivo de las FFAA.

A diferencia de las últimas décadas donde las FFAA han sido garantes del poder burgués pero el mecanismo por excelencia de la dominación ha sido el engaño de las masas mediante las elecciones, en otras circunstancias históricas esta dominación se ejerció directamente “manu militari”. La historia de los golpes militares en toda la región es suficientemente elocuente como para volver a recordarla aquí.

Pero en las últimas décadas las burguesías regionales y los EEUU han impulsado lo contrario: la apelación a los mecanismos del engaño como forma privilegiada para hacer valer sus intereses de clase.

Esto ha implicado “contradicciones” en los últimos tiempos. En el contexto que por la vía electoral han emergido una serie de gobiernos burgueses reformistas que no responden directamente a los dictados del imperio, lo que Honduras está marcando es la eventualidad de que los golpes militares –en todo caso en una versión “atenuada” del siglo XXI y viendo primero cómo termina el experimento en Honduras– se transformen nuevamente en una de las alternativas para el ejercicio de la autoridad.

Está claro que ambas vías nunca han sido “excluyentes”: determinados regímenes políticos –como el del propio Uribe en Colombia hoy en día– vienen combinando ambos componentes en distintas proporciones: el garrote y la zanahoria.

La novedad es que con el golpe en Honduras y el establecimiento de nuevas bases norteamericanas en Colombia, la introducción del factor militar está pegando un salto en calidad que no deja de ser una amenaza al proceso de rebelión popular latinoamericano:

“No hace falta ser un experto militar para comprobar que con la entrega de estas bases Venezuela queda completamente rodeada, sometida al acoso permanente de las tropas del imperio estacionadas en Colombia, amén de las nativas y los ‘paramilitares’. A ello habría que agregar el apoyo que aporta en esta ofensiva en contra de la revolución bolivariana las bases norteamericanas en Araba, Curacao y Guantánamo; la de Palmerola, en Honduras; y la Cuarta Flota que dispone de suficientes recursos para patrullar efectivamente todo el litoral venezolano. En Paraguay, EEUU se aseguró el control de la estratégica base de Mariscal Estigarribia y que cuenta con una de las pistas de aviación más extensas y resistentes de Sudamérica. También en ese país dispone de una enorme base en Pedro Juan Caballero”[3].

Desde ya que el desenlace de la actual lucha antigolpista en Honduras (desenlace que insistimos todavía no está escrito) no dejará de ser un factor de primerísimo orden: los elementos de “militarización” de la vida política regional se reafirmarán o no dependiendo del resultado de esta heroica lucha.

Hablando bajito pero llevando un gran garrote

“Se trata de un aumento desmesurado e inédito de la presencia militar norteamericana en la región, en momentos en que ningún país sudamericano es una amenaza directa para su seguridad. La guerra fría quedó atrás, pero esto se da en el marco del crecimiento de Brasil como jugador global. El horizonte estratégico de las políticas de EEUU en la región es Brasil”[4].

Un factor de importancia de la coyuntura regional tiene que ver con la política de Barack Obama para la misma. El fiel de la balanza acerca de la misma lo está marcando su cada vez más reaccionario papel en Honduras (y ahora el tema de las bases en Colombia). Como atinadamente señalara el politólogo Atilio Borón: “Barack Obama, a quien los perpetuamente desorientados ‘progres’ europeos y latinoamericanos continúan confundiendo con Malcom X está siguiendo al pie de la letra los consejos de Theodore Roosvelt, el padre de la gran expansión imperialista norteamericana en el Caribe y Centroamérica, cuando dijera ‘speak softly and carry a big stick’, es decir, ‘habla bajito pero lleva un gran garrote’. Con su política de remilitarización forzada de la política exterior hacia Latinoamérica y el Caribe, Obama se interna por el camino trazado por su predecesor”[5].

Precisamente, respecto del caso Honduras, el gobierno de Obama se ha caracterizado por irse deslizando cada vez más hacia la derecha. En los primeros días del golpe, Obama había aparecido por los medios “condenándolo”, quizás todavía preocupado por la necesidad de recuperar la legitimidad perdida de los EEUU frente a los pueblos del mundo y la región.

Sin embargo, con el transcurrir de las semanas, lo que se observa es lo mismo que está ocurriendo en prácticamente todos los demás frentes de su gestión: un permanente corrimiento hacia la derecha.

Respecto de Honduras, el gatopardismo imperial de Obama tiene cada vez menos de “gatopardismo” y más de defensa de los intereses digamos permanentes del imperialismo en su patio trasero: “En 1929, queriendo explicar lo fácil que era comprar un congresista, Samuel Zamurray, alias ‘Banana Sam’, presidente de la Cuyamel Fruit, empresa rival de la United Fruit, afirmó: ‘Un diputado en Honduras cuesta menos que una mula’. Al final de los años 80, el presidente José Azcona Hoyos admitió el sometimiento de Honduras a la estrategia de EEUU confesando: ‘Un país tan pequeño como Honduras no puede permitirse el lujo de tener dignidad’. Hoy, la relación económica con la gran potencia estadounidense es de dependencia casi absoluta: hacia allá va el 70% de sus exportaciones (plátanos, café y azúcar); y de allí llegan unos 3 mil millones de dólares que envían a sus familias en calidad de remesas 800.000 hondureños emigrados. Y el capital principal (40%) de las fábricas maquiladoras (de mano de obra barata) en zonas francas es estadounidense”[6].

Con un cinismo casi abiertamente descarado “Obama Sam” acaba de declarar que “no tiene un botón” para apretar en el sentido de lograr el reestablecimiento de Mel Zelaya en el gobierno hondureño (todos sabemos que EEUU sí tiene “un botón” y que lo ha apretado varias veces, sino que lo digan Hiroshima y Nagasaky…) Más aún, acaba de acusar de “doble discurso” a aquellos “que se la pasan hablando contra la intervención de EEUU en Latinoamérica” y quieren que ahora su gobierno actúe contra los golpistas…

Aquí el doble juego ya es escandaloso: la política de condena en las palabras y ausencia total de todo hecho en el sentido de dar algún paso efectivo contra los golpistas lo que está mostrando es la caída de una careta que Obama siquiera alcanzó a calzarse: el brete de Honduras lo está obligado a dejar de lado toda veleidad discursiva porque la verdad es que EEUU se siente mucho más cómodo con Micheletti que con Zelaya.

Además, lo principal es que en la administración yanqui parece dominar el criterio de que dada la heroica resistencia popular hondureña, una eventual salida de la dictadura –aunque sea mediatizada por los tramposos acuerdos de San José de Costa Rica– podría ser vista como un triunfo popular: la principal preocupación de Obama para la región es que el ciclo de rebeliones populares no pegue un salto que lleve a cuestionar mucho más consecuentemente la subordinación al imperialismo aunque esté disfrazado de presidente de color.

La táctica del apaciguamiento o donde mueren las palabras

Apaciguamiento se llamó a la fracasada política de los gobiernos de la democracia burguesa imperialista frente a la guerra civil española y el ascenso de Hitler en Alemania. Está claro que esa política fracasó… Salvando las obvias distancias, el progresismo continental –incluso en sus expresiones más verborrágicas como Hugo Chávez– ha venido teniendo una orientación similar frente al golpe hondureño dados sus insalvables límites de clase.

Es que se han ido en palabras, palabras y más palabras sin ser capaces de tomar una sola medida práctica contra el gobierno de Micheletti: no han sido capaces de convocar a una sola manifestación seria de repudio al golpe en Honduras (y la creciente militarización de la vida política continental) en sus respectivos países (y muchos menos a nivel continental).

¿O acaso alguien vio una concentración de masas en Caracas convocada por Hugo Chávez? ¿O en La Paz o El Alto llamada por Evo Morales? ¿O en la región centroamericana alguna convocatoria llevada adelante por los gobiernos del FSLN (Ortega) o el FLNM (Funes)? Nadie las vio porque estas convocatorias no han existido: ¡se trata de una verdadera vergüenza que repite punto por punto la historia de las direcciones reformistas de toda la vida![7]

Quizás haga falta recordar aquí la historia de la ignominiosa salida del poder de un Juan Domingo Perón en la Argentina de 1955, de un Jacobo Arbenz en Guatemala en 1954, o, algo más cerca en el tiempo, la caída de Allende en Chile en 1973, todas circunstancias cortadas por la misma “tijera”: ¡la negativa de los gobiernos “progresistas” a organizar a las masas populares para la lucha antigolpista!

Con las lágrimas de cocodrilo de la OEA, la UNASUR, el MERCOSUR, el mismo el ALBA y todas las demás instituciones regionales la historia se repite: la política del apaciguamiento no podrá parar a los golpistas. Tampoco las rondas negociadoras como las de Arias en San José de Costa Rica donde se le ha entregado todo a los golpistas salvo la cuestión de la restitución condicionada de Zelaya… sólo para que ahora Micheletti no sólo siga al frente del poder sino que se niegue a recibir al propio Insulza (secretario general de la OEA) acusándolo de “parcialidad”.

También en este sentido hay antecedentes recientes, en la misma Centroamérica respecto del rol de la “mediación” del presidente costarricense Arias en oportunidad de la revolución nicaragüense en los años 80 (Grupo Contadora, Esquípulas, Sapoa), mediación a la cual el sandinismo y el FLMN de El Salvador capitularon en toda la línea entregando el proceso revolucionario mismo[8].

En todo caso, la impotencia de estas instituciones cuando de lo que se trata es de los intereses populares demuestra una vez más su carácter de organismos capitalistas sometidos al imperialismo yanqui.

Golpe de noche, rebelión de día

“¿Tienen miedo? No. ¿Tienen miedo? No. Entonces, adelante, adelante, que la lucha es constante”.[9]

Sin embargo, la realidad regional es mucho menos simplista de lo que analistas superficiales podrían creer. Como dicen nuestros compañeros del PST respecto de la situación en Honduras: “No estamos ante una situación normal de la lucha de clases sino frente a uno de los picos más altos de la misma en donde toda la vida cotidiana respira política y la movilización de masas es permanente y generalizada”.[10]

En el mismo sentido, el abiertamente golpista diario argentino La Nación informa que: “el gobierno de Micheletti se encuentra acosado diariamente por manifestaciones, bloqueos de rutas y tomas de edificios por parte de miembros del denominado Frente Nacional de Resistencia contra el golpe de Estado, que exige la restitución de Zelaya”.[11]

Es decir, en el concreto caso de Honduras, el golpe ha significado una polarización de la lucha de clases del país como pocas veces se ha visto. Pero, además, aquí hay una tremenda contradicción que hace al carácter mismo del golpe hondureño: la situación sigue siendo una que para graficarla venimos señalándola como de “golpe de noche, rebelión popular de día”.

No es que los golpistas no estén firmemente instalados en el poder y que lo que están enfrentando las masas hondureñas no sea un golpe de Estado hecho y derecho. Pero la circunstancia es que no hay muchos antecedentes donde 40 días después de un golpe de Estado se siga manifestando una resistencia popular de masas que impide toda normalización del país.

Nos explicamos todavía más: es evidente que haber logrado estar al frente del país por cinco semanas es un triunfo de los gorilas. Los mismos tienen el control del país, control que por ahora no parece ser posible desafiar como tal.

Sin embargo, existe en la situación política hondureña una enorme contradicción que sigue presente: el país no ha sido normalizado bajo ningún parámetro que se mire: la resistencia sigue siendo masiva y heroica. Pero cuando a una dictadura no se le tiene miedo, este es un gravísimo problema para la misma dado que por su propio carácter debe generar miedo, respeto, autoridad, terror, para ser una dictadura tal: “Los daños que ya ha sufrido Honduras y el riesgo de que la situación social, política y económica empeore, es motivo suficiente para reconocer errores, para no desaprovechar cualquier posibilidad de diálogo a fin de ponerle fin a la crisis y reconciliarnos con el mundo que, sin excepción, no considera legítimo al gobierno actual”. Que conste que esta editorial apareció en la página web del diario golpista El Heraldo de Honduras el pasado lunes 10 de agosto.

Lo que está pasando es que la propia Honduras muestra los alcances pero también los límites de esta coyuntura con elementos reaccionarios: sólo parece haber espacio para una suerte de golpe de Estado del siglo XXI, golpe de Estado que no parece todavía tener espacio para producir un baño de sangre aunque en los últimos días haya venido apretando el torniquete represivo y en cualquier giro de las circunstancias podría apretarlo mucho más…

Pero una dictadura que es desafiada diariamente, una dictadura que a la vez convive con una suerte de rebelión popular, es una contradicción que sigue buscando para dónde resolverse.

Una tendencia hacia los extremos

A Lula y Cristina K no le gustaron las palabras de Hugo Chávez en la última reunión del UNASUR en el sentido de alertar que se comienzan a sentir en la región “tambores de guerra”. Por nuestra parte, tenemos claro que las bravuconadas verbales del presidente venezolano nunca pasan a los hechos.

Sin embargo, esto no quiere decir que lo que haya señalado no sea verdad. Como dice el analista Juan Tokatlian: “De todo el conjunto de América Latina, sin lugar a dudas, lo que hoy tenemos en el mundo andino es inusitado en términos de tensiones y pugnas. Si uno tiene perspectiva histórica, esa región, que ha sido la más estable en el último medio siglo, cuenta ahora con los mayores niveles de polarización y conflicto”.[12]

Es que la polarización política que está introduciendo la emergencia del factor militar en la vida política latinoamericana viene a introducir el elemento que señala Chávez: la región puede terminar deslizándose a un escenario más polarizado, más cruzado por conflictos en las relaciones entre determinados estados, incluso la eventualidad de enfrentamientos militares y/o de más golpes reaccionarios. Pero atención, también de mayor radicalización de masas y de respuestas –ahora sí– revolucionarias. Esta es la dialéctica clásica de la polarización social y política de la lucha de clases.

Es que en el contexto del ciclo político regional más de conjunto –y de la crisis económica mundial en curso–, la introducción del factor militar incorpora elementos de polarización en la coyuntura no sólo a derecha, sino eventualmente también hacia la izquierda.

Precisamente por eso es que esta realidad tiene su reverso y concreto peligro para los de arriba: en las últimas décadas la política capitalista privilegiada ha sido la “mediación” democráticoburguesa evitando como a la peste los extremos. No sólo los extremos derechistas... sino también los izquierdistas. Hace un año señalábamos: “El conjunto de estos elementos actúa en las condiciones de una creciente crisis económica mundial así como de una crisis de hegemonía del imperialismo yanqui. Estos elementos mundiales tienden a recrear un escenario internacional con rasgos más ‘clásicos’, en el sentido de que quizás se puedan observar en el futuro próximo más contradicciones interestatales e ínterburguesas que lo que nos hemos acostumbrado en las últimas dos o tres décadas. Esto es, atisbos de crisis, guerras y revoluciones”.[13]

El curso reaccionario debilita la mediación democráticoburguesa e introduce un elemento imprevisible: la eventualidad de que en el juego de la polarización se abra paso un desborde por la izquierda, revolucionario, factor que ha estado ausente en todos estos años.

No vaya a ser que de la mano de una tendencia a la polarización de los intereses económicos, sociales y de clase, y del adelgazamiento de los tradicionales mecanismos de la democracia patronal vía los zarpazos reaccionarios, se termine abriendo paso efectivamente la apertura de un período de crisis, guerras y revoluciones en Latinoamérica. A esto apostamos desde nuestra Corriente Internacional Socialismo o Barbarie.


[1] “Dictadura posbananera”, Santiago O’ Doncel, Página 12, 02-08-09

[2] Palabra que viene de la tradición de la resistencia a las invasiones filibusteras (aventureros a sueldo del naciente imperialismo yanqui) en Centroamérica a mediados del siglo XIX.

[3] Atilio Boron, Página 12, 8-08-09. Para más elementos, no se debe perder de vista el desmesurado ejército de Colombia, el segundo después de Brasil en Sudamérica pero el relativamente más grande respecto de su población y el mejor equipado por EEUU: se trata de la friolera de 253.900 efectivos!

[4] Andres Tokatlian, La Nación, 9-08-09

[5] Página 12, ídem.

[6] El Diplo, Agosto 2009. En la misma edición se citan unas declaraciones muy ilustrativas de Manuel Zelaya: “Yo pensé hacer los cambios dentro del esquema neoliberal. Pero los ricos no ceden un penique. Todo lo quieren para ellos. Entonces, lógicamente, para hacer cambios hay que incorporar al pueblo”.

[7] En este sentido, las organizaciones de masas que les son fieles –tipo la CGT y la CTA en la Argentina– vergonzosamente no han movido ni el dedo meñique. Por ejemplo, la CTA ha mandado ahora a Hugo Yasky a Honduras… pero no es capaz de convocar a una jornada nacional de lucha contra los golpistas.

[8] Ver a este respecto, “Historia General de Centroamérica”, tomo VI, FLACSO, Madrid 1993.

[9] Consigna cantada cotidianamente en las calles de Honduras

[10] Boletín interno 36 del PSTH

[11] La Nación, 9-08-09.

[12] La Nación, 9-08-09.

[13] SoB periódico Nº 121.

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