12 may. 2009

DISCULPEN LA MOLESTIA



QUIERO COMPARTIR algunas
preguntas, moscas que
me zumban en la cabeza. ¿Es justa la justicia?
¿Está parada sobre sus pies la justicia del mundo al revés?
El zapatista de Irak, el que arrojó los zapatazos contra
Bush, fue condenado a tres años de cárcel. ¿No merecía,
más bien, una condecoración?
¿Quién es el terrorista? ¿El zapatista o el zapateado?
¿No es culpable de terrorismo el serial killer que
mintiendo inventó la guerra de Irak, asesinó a un gentío
y legalizó la tortura y mandó aplicarla?
¿Son culpables los pobladores de Atenco, en México,
o los indígenas mapuches de Chile, o los kekchíes de
Guatemala, o los campesinos sin tierra de Brasil, acusados
todos de terrorismo por defender su derecho a
la tierra? Si sagrada es la tierra, aunque la ley no lo diga,
¿no son sagrados, también, quienes la defienden?
Según la revista Foreign Policy, Somalia es el lugar
más peligroso de todos.
Pero, ¿quiénes son los piratas?
¿Los muertos de hambre que asaltan barcos
o los especuladores de Wall Street, que llevan años asaltando
el mundo y ahora reciben multimillonarias recompensas
por sus afanes?
¿Por qué el mundo premia a quienes lo desvalijan?
¿Por qué la justicia es ciega de un solo ojo? Wal Mart,
la empresa más poderosa de todas, prohíbe los sindicatos.
McDonald's, también.
¿Por qué estas empresas violan, con delincuente impunidad,
la ley internacional?
¿Será porque en el mundo de nuestro tiempo el
trabajo vale menos que la basura y menos todavía valen
los derechos de los trabajadores?
¿Quiénes son los justos y quiénes los injustos? Si la
justicia internacional de veras existe, ¿por qué nunca
juzga a los poderosos? No van presos los autores de
las más feroces carnicerías.
¿Será porque son ellos quienes tienen las llaves de
las cárceles?
¿Por qué son intocables las cinco potencias que tienen
derecho de veto en las Naciones Unidas? ¿Ese derecho
tiene origen divino?
¿Velan por la paz los que hacen el negocio de la guerra?
¿Es justo que la paz mundial esté a cargo de las
cinco potencias que son las principales productoras de
armas? Sin despreciar a los narcotraficantes, ¿no es éste
también un caso de "crimen organizado"?
Pero no demandan castigo contra los amos del mundo los clamores de quienes
exigen, en todas partes, la pena de muerte. Faltaba más.
Los clamores claman
contra los asesinos que usan navajas, no contra los
que usan misiles.
Y uno se pregunta: ya que esos justicieros están tan locos de ganas de matar,
¿por qué no exigen la pena de muerte contra la injusticia social?
¿Es justo un
mundo que cada minuto destina tres millones de dólares
a los gastos militares, mientras cada minuto mueren
quince niños por hambre o enfermedad curable?
¿Contra quién se arma, hasta los dientes, la llamada
comunidad internacional?
¿Contra la pobreza o contra los pobres?
¿Por qué los fervorosos de la pena capital no exigen
la pena de muerte contra los valores de la sociedad de
consumo, que cotidianamente atentan contra la seguridad pública?
¿O acaso
no invita al crimen el bombardeo de la publicidad que
aturde a millones y millones de jóvenes desempleados,
o mal pagados, repitiéndoles noche y día que ser es
tener, tener un automóvil, tener zapatos de marca, tener,
tener, y quien no tiene, no es?
¿Y por qué no se implanta la pena de muerte contra
la muerte? El mundo está organizado al servicio de la muerte.
¿O no fabrica muerte
la industria militar, que devora la mayor parte de
nuestros recursos y buena parte de nuestras energías?
Los amos del mundo sólo condenan la violencia cuando
la ejercen otros. Y este monopolio de la violencia se traduce en un hecho
inexplicable
para los extraterrestres, y también insoportable
para los terrestres que todavía queremos, contra toda
evidencia, sobrevivir: los humanos somos los únicos
animales especializados en el exterminio mutuo, y hemos
desarrollado una tecnología de la destrucción
que está aniquilando, de paso, al planeta y a todos sus habitantes.
Esa tecnología se alimenta del miedo. Es el miedo
quien fabrica los enemigos que justifican el derroche
militar y policial. Y en tren de implantar la pena de muerte,
¿qué tal si condenamos a muerte al miedo? ¿No sería
sano acabar con esta dictadura universal de los asustadores profesionales?
Los sembradores de pánicos nos condenan a la soledad,
nos prohíben la solidaridad: sálvese quien pueda,
aplastaos los unos a los otros, el prójimo es siempre
un peligro que acecha, ojo, mucho cuidado, éste te robará,
aquél te violará, ese cochecito de bebé esconde una bomba musulmana y si
esa mujer te mira, esa vecina de aspecto inocente, es seguro que te
contagia la
peste porcina.
En el mundo al revés, dan miedo hasta los más elementales
actos de justicia y sentido común. Cuando el presidente Evo Morales inició
la refundación de Bolivia, para que este país de mayoría
indígena dejara de tener vergüenza de mirarse al espejo, provocó pánico.
Este desafío era catastrófico desde el punto de vista del orden racista tradicional,
que decía ser el único orden posible: Evo era, traía el caos
y la violencia, y por su culpa la unidad nacional iba a estallar,
rota en pedazos. Y cuando el presidente ecuatoriano Correa anunció que
se negaba a pagar las deudas no legítimas, la noticia
produjo terror en el mundo financiero y el Ecuador fue
amenazado con terribles castigos, por estar dando tan mal ejemplo.
Si las dictaduras
militares y los políticos ladrones han sido siempre
mimados por la banca internacional, ¿no nos hemos acostumbrado ya a
aceptar como fatalidad del destino que el pueblo pague el garrote que
lo golpea y la
codicia que lo saquea?
Pero, ¿será que han sido divorciados para siempre
jamás el sentido común y lajusticia?
¿No nacieron para caminar juntos, bien pegaditos, el sentido común y la justicia?
¿No es de sentido común, y también de justicia, ese lema de las feministas
que dicen que si nosotros, los machos, quedáramos embarazados, el aborto sería
libre? ¿Por qué no se legaliza el derecho al aborto?
¿Será porque entonces dejaría de ser el privilegio de las mujeres
que pueden
pagarlo y de los médicos que pueden cobrarlo?
Lo mismo ocurre con otro escandaloso caso de negación
de la justicia y el sentido común: ¿por qué no se legaliza la droga?
¿Acaso no
es, como el aborto, un tema
de salud pública? Y el país que más drogadictos contiene,
¿qué autoridad moral tiene para condenar a quienes
abastecen su demanda? ¿Y por qué los grandes medios
de comunicación, tan consagrados a la guerra contra
el flagelo de la droga, jamás dicen que proviene de Afganistán
casi toda la heroína que se consume en el mundo?
¿Quién manda en Afganistán? ¿No es ese un país
militarmente ocupado por el mesiánico país que se atribuye
la misión de salvarnos a todos?
¿Por qué no se legalizan las drogas de una buena vez?
¿No será porque brindan
el mejor pretexto para las invasiones militares,
además de brindar las más jugosas ganancias a los
grandes bancos que en las noches trabajan como lavanderías?
Ahora el mundo está triste porque se venden menos autos.
Una de las consecuencias
de la crisis mundial es la caída de la próspera
industria del automóvil.
Si tuviéramos algún resto de sentido común, y alguito de
sentido de la justicia ¿no tendríamos que celebrar esa buena noticia?
¿O acaso la
disminución de los automóviles no es una buena noticia,
desde el punto de vista de la naturaleza, que estará
un poquito menos envenenada, y de los peatones, que
morirán un poquito menos?
Según Lewis Carroll, la Reina explicó a Alicia cómo
funciona la justicia en el país de las maravillas:
-Ahí lo tienes -dijo la Reina-. Está encerrado en la cárcel, cumpliendo su condena;
pero el juicio no empezará hasta el próximo miércoles. Y por supuesto,
el crimen será cometido al final.
En El Salvador, el arzobispo Oscar Arnulfo Romero comprobó que la justicia,
como la serpiente, sólo muerde a los descalzos. El murió a balazos, por
denunciar
que en su país los descalzos nacían de antemano
condenados, por delito de
nacimiento.
El resultado de las recientes elecciones en El Salvador,
¿no es de alguna manera un homenaje? ¿Un homenaje al arzobispo Romero
y a los miles que como él murieron luchando por una justicia justa en el reino de
la injusticia?
A veces terminan mal las historias de la Historia; pero ella, la Historia, no termina.
Cuando dice adiós, dice hasta luego.

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